PREFACIO

Desde la introducción del Nuevo Rito de la Misa en la Liturgia de la Iglesia Católica por el Papa Pablo VI, los católicos tradicionales que rechazan aceptar la legitimidad del Novus Ordo han sido sometidos al ridículo, desprecio y condena por la autoridades eclesiásticas y por aquellos que siguen ciegamente sus dictados. Los tradicionalistas han sido tratados de rebeldes, insubordinados y adheridos ciegamente a formas obsoletas de culto que han sido reemplazadas por nuevas formas actualizadas, instituidas y sostenidas por los legítimos pastores de la Iglesia.

Y aunque ahora, con el indulto oficialmente sancionado por la Ecclesia Dei, con las ‘Misas indultadas’ que se celebran en todas partes, la división dentro de la Iglesia continúa porque los católicos tradicionales no confían más en la jerarquía. Durante unos treinta años los católicos tradicionalistas han sido etiquetados por la jerarquía como fanáticos y cismáticos – Su adhesión al “Orden de la Liturgia recibido y aprobado por la Iglesia” (Pío VI, Auctorem Fidei [33]) – ha sido declarada como (en las infames palabras del fallecido Cardenal Villot) de ser “incompatible con la auténtica lealtad a la Iglesia”.

Las jerarquías nacionales y la Curia Romana, a pesar de su adicción al diálogo, han mostrado absoluta intransigencia en su rechazo intolerante a entrar en cualquier diálogo con los católicos tradicionales que tienen objeciones de conciencia contra el Nuevo Orden de la Misa. A pesar de que esas objeciones no son solo teológicamente bien fundadas, sino que están basadas firmemente en las más solemnes definiciones del magisterio extraordinario de la Iglesia.

La Profesión de Fe Tridentina del Papa Pío IV [Iniunctum Nobis] prescribe la adhesión a “los ritos recibidos y aprobados de la Iglesia Católica usados en la solemne administración de los sacramentos.” Los ‘ritos recibidos y aprobados’ son los ritos establecidos por la costumbre, de allí que el Concilio de Trento se refiere a ellos como los “ritos recibidos y aprobados de la Iglesia Católica usados acostumbradamente en la solemne administración de los sacramentos”. [Ses. VII. can. XIII]. La adhesión a los ritos acostumbrados, recibidos y aprobados por la Iglesia es una doctrina infaliblemente definida: El Concilio de Florencia definió que “los sacerdotes… deben consagrar el cuerpo del Señor, cada uno según la costumbre de su Iglesia” [Decretum pro Graecis], y por lo tanto el Concilio de Trento condenó solemnemente como herejía la proposición que “los ritos recibidos y aprobados de la Iglesia Católica usados acostumbradamente en la solemne administración de los sacramentos, pueden ... ser mudados en otros por obra de cualquier pastor de las iglesias” [Ses. VII, can. XIII]. Descansando sobre este sólido fundamento doctrinal, el Papa Pío 1 VI condenó la idea que “ ‘volviéndola (la liturgia) a mayor sencillez de los ritos, exponiéndola en lengua vulgar y pronunciándola en voz alta’ – como si el orden vigente de la liturgia, recibido y aprobado por la Iglesia, procediera en parte del olvido de los principios por los que debe aquella regirse – es “temeraria, ofensiva de los piadosos oídos, injuriosa contra la Iglesia y favorecedora de las injurias de los herejes contra ella.” – Auctorem Fidei [33].

Increíblemente, lo que hizo Pablo VI fue precisamente lo que el Concilio de Trento anatematizó y Pío VI condenó: él designó una comisión de la Curia la cual reestructuró el venerable Rito Romano en lo que el mismo Pablo VI admitió era “un nuevo rito de la Misa.” [19 nov. 1969] Desde que de la reforma litúrgica instituida por Pablo VI se dijo que fue llevada a cabo de acuerdo a las prescripciones de la Constitución Litúrgica del Vaticano II, los papas post-conciliares y la jerarquía han profesado impertérritos que la reforma era legítima. Ellos sin embargo no han comprendido (porque rechazan abrir sus mentes al problema) que la simplificación y reestructuración de los ritos aparentemente prescripta por el Vaticano II violan no sólo los principios básicos que ese mismo Concilio expuso como directrices para la revisión litúrgica, sino que también violan los pronunciamientos doctrinales más solemnes del Magisterio infalible de la Iglesia.

Desgraciadamente, los jerarcas de la Iglesia post-conciliar rechazan inflexiblemente considerar las objeciones, o aun reconocer la posibilidad de objeciones doctrinales válidas a la nueva Liturgia. Lo que sería equivalente a una admisión que su propia posición podría ser errónea … o peor todavía – que el Concilio Vaticano Segundo podría estar equivocado. Así, ellos han provocado una amarga división en el cuerpo de la Iglesia por su rechazo ciego a escuchar o considerar las serias objeciones de los tradicionalistas.

Los jerarcas de la Iglesia Conciliar se han puesto en la posición de ser tanto los acusadores como los jueces – ellos presumen ser jueces de los tradicionalistas, a quienes acusan de desobediencia, deslealtad e incluso de cisma, mientras rechazan permitir una audiencia al acusado. Demostrando una increíble ceguera e intolerancia, los papas conciliares y la jerarquía han respondido a las objeciones doctrinales de los tradicionalistas con un silencio total e impenetrable, mientras prefieren condenar la persona de los tradicionalistas, y publicar ataques intelectualmente deshonestos contra la posición tradicionalista.1

Uno de los primeros, y ciertamente el más visible y documentado de los objetores de la liturgia del Novus Ordo, fue el difunto Arzobispo Marcel Lefebvre.  El rechazo del Vaticano a concederle una audiencia (a la que tenía derecho de acuerdo a la ley eclesiástica) es típico de la política permanente de la Iglesia post-conciliar de bloquear todo camino para recurrir y apelar, a cualquiera que rechace aceptar las reformas post-conciliares.

Lefebvre fue uno de los primeros, y ciertamente no el último, en rechazar las reformas post-conciliares como contrarias a la Fe Católica. Si su posición fue la única teológicamente correcta, lógicamente entonces, su curso de acción fue el moralmente correcto, pero también, todos aquellos que rechazan aceptar los cambios en la Iglesia post-conciliar podrían estar también moralmente justificados en su rechazo de la nueva Iglesia y en su estricta adhesión a la Tradición.

En junio de 1995, el caso Lefebvre se convirtió en una cuestión de magnitud en la Arquidiócesis de Manila. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X estaba ganando seguidores, una expansión que alarmó a la jerarquía local. La Conferencia Episcopal de las Filipinas relanzó su Admonición de noviembre de 1992 contra la Fraternidad. Con gran prisa compuse mi Respuesta a los obispos filipinos, y luego de un año escribí mi tratado sobre la Misa, Una reivindicación teológica del Tradicionalismo Católico Romano, el cual contenía una edición ligeramente revisada de mi Respuesta. El Padre Jaime Achacoso me proporcionó la oportunidad, posteriormente, de desarrollar teológicamente los argumentos básicos de mi Respuesta cuando publicó su ataque extremadamente deshonesto contra mi Respuesta en setiembre de 1995. Mi respuesta al Padre Achacoso apareció por primera vez a mediados de 1996.

He completado una cuidadosa revisión de mi trabajo más importante, Una reivindicación teológica del Tradicionalismo Católico Romano. En ese trabajo demuestro teológicamente, a partir de los documentos del Magisterio infalible de la Iglesia, que el Novus Ordo Missae es contrario a la Ley Divina y que las doctrinas del Concilio Vaticano Segundo sobre Ecumenismo y Libertad Religiosa son heréticas. Mi Respuesta a la Comisión de la CEDF del 24 de junio de 1995, sigue, levemente revisada otra vez con el nuevo título, Respuesta a la Admonición de la CEDF del 18 de noviembre de 1992. Finalmente mi respuesta al Padre Achacoso, que por primera vez apareció bajo el título Contra los errores del Concilio, aparece en el segundo capítulo del libro segundo de este volumen, revisada nuevamente y abreviada, con el nuevo título, Respuesta a un ataque.

He decidido publicar las tres bajo el título único, “The Suicide of Altering the Faith in the Liturgy”[“El suicidio de alterar la Fe en la Liturgia”] ya que los tres trabajos se complementan teológicamente uno con otro sobre las cuestiones de Cisma y Excomunión ya que ellas se refieren no sólo al Arzobispo Lefebvre y a la Fraternidad por él fundada sino a todos los católicos tradicionales, y lo más importante, al problema de la Nueva Misa vs. el Rito Romano tradicional, al igual que a la heterodoxia teológica del Vaticano II de los Papas post-conciliares. El Libro I es Una reivindicación teológica del Tradicionalismo Católico Romano; y el Libro II, que contiene mis respuestas a la Conferencia de Obispos Filipinos y al Padre Achacoso es titulado Una respuesta católica a la Iglesia Conciliar, con el subtítulo Sobre la situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (llamada ‘Sociedad de San Pío X’ en los Estados Unidos,  N. del T.). Finalmente, incluí el ensayo “La Iglesia Ecuménica del Tercer Milenio” de John Vennari, que ilustra de manera concreta los puntos tratados por mí a lo largo del libro.

Es mi esperanza que este libro pudiera ser de alguna ayuda para alcanzar el diálogo largamente esperado con los jerarcas de la Iglesia Conciliar, para que ellos a su vez puedan examinar sus conciencias y vuelvan a las tradiciones que juraron defender.

P. Paul L. Kramer,
Terryville, Connecticut, EUA, 11 de enero de 1999


1 Un ejemplo espléndido de esta suerte de deshonestidad intelectual apareció en la edición del 9 de noviembre de 1996 de 30 Giorni. Giovanni Riccardi intenta defender la ortodoxia de la teología de Karol Wojtyla desacreditando una breve disertación del teólogo alemán el Padre Johannes Dörmann. Riccardi dirige su ataque totalmente contra el material escasamente presentado en el breve discurso del Profesor Dörmann, mientras rechazaba firmemente la abrumadora y copiosa evidencia que Dörmann ha presentado en sus tres volúmenes de análisis teológico sistemático de los escritos del Papa Juan Pablo II, Der teologische Weg Johannes Pauls II’s Zum Weltgebetstag der Religionen in Asisi [“El viaje teológico del Papa Juan Pablo II a la Reunión de Oraciones de las religiones en Asís”]