PRÓLOGO

La intención de este modesto tratado es refutar los conceptos erróneos prevalecientes sobre Liturgia, Tradición, Magisterio y Autoridad en la Iglesia que tanto han penetrado y tal confusión ha causado en la Iglesia. Aunque pudieran escribirse volúmenes sobre cualquiera de estos temas, lo que hoy más está faltando es una clara comprensión de lo que tiene de más básico y fundamental para la Iglesia la enseñanza sobre Liturgia, Tradición y Magisterio.

El Magisterio es el vehículo que lleva a cabo la verdadera ‘transmisión’ de la Tradición, y la Liturgia es el órgano más importante del Magisterio ordinario. La confusa noción de Magisterio que prevalece en la Iglesia post-conciliar está a la base de la crisis doctrinal y los abusos litúrgicos que se han convertido en las principales señales de reconocimiento de la llamada ‘Iglesia Conciliar’.

Que la confusión doctrinal ha alcanzado su cima lo atestigua el hecho que incluso un Cardenal de la Iglesia Romana admite que el problema de la liturgia es “muy preocupante”, pero luego justifica la situación al presente con una vaga apelación a la obediencia al Magisterio. Sin embargo es precisamente la enseñanza del Magisterio del pasado de la Iglesia la que condena la liturgia usada actualmente en nuestras iglesias por no profesar adecuadamente la Fe Católica, por no adherir a la Tradición Católica, y por comprometer la validez de los Sacramentos.

Conceptos fundamentalmente nuevos de la tradición y del magisterio combinados con una nueva liturgia han establecido una nueva orientación en la Iglesia – una orientación que ha provocado una transformación de la Iglesia Católica, previa e indudablemente identificable, en la Iglesia siempre evolutiva de la nueva Reforma. A menos que esa orientación sea detenida y revertida, solo quedará un vestigio de la antigua religión – un pequeño, disperso, pero vital vestigio de Catolicismo rodeado por el coloso del Protestantismo romano.

Es mi esperanza que este pequeño libro pueda expresar, como un claro mensaje, la respuesta a la cuestión retórica planteada hace algunos años por el Arzobispo Lefebvre: "¿Tenemos que convertirnos en protestantes para permanecer católicos?" Los reformadores fueron católicos que se volvieron protestantes al abandonar la Tradición Católica inmutable. Esa es la esencia del Protestantismo. Nosotros nunca podremos abandonar la Tradición en nombre de una mal concebida obediencia, porque solo podemos permanecer católicos siempre que “continuemos firmes y guardando las tradiciones.” (2 Tesalonicenses 2:14)